Era Jueves y estaba entrenando, dándolo todo y escupiendo las tripas, porque cuando entrenas hay que matarse, hay que trabajar duro , tanto como tu cuerpo te lo permita. Esperaba la maravillosa noticia de mi vuelta al campo. Esperaba impaciente el momento de pisar el césped, con tu traje de guerrero, sin protecciones físicas aparte del dental. Iríamos con nuestro entrenador , lo que prometía ser un viaje como mínimo interesante. Se jugaba por la tarde, así que no debía preocuparme por madrugar.
De camino a Lugo , donde se jugaría el partido, mis nervios íban en aumento, me sentía confuso, nerviosos, había perdido las ganas de jugar, lo cual era impropio en mi, y menos teniendo en cuenta que deseaba ese momento desde el día que me rompí la clavícula. Algo en mi me ponía la zancadilla, intentaba hacerme caer en ese pozo de miedo y desesperación que tantas veces me había traicionado en mi vida, pero no podía permitir tal cosa, por mi y por mi equipo. Ya me había jodido bastante a mi mismo, quería hacer algo grande en mi vida , sentirme orgulloso de haberme esforzado y lo iba a hacer.
Llegamos a el campo, nos dio la bienvenida un coro angelical, con un Evo VIII como tenor solista, pero no había tiempo para eso, debíamos cambiarnos y prepararnos para la guerra y así lo hicimos. Sin la camiseta salimos a calentar, esa maravillosa armadura debía guardar su magia para el partido, pues la ocasión requería arrojo y valor, nos enfrentábamos contra los primeros y queríamos ganar, queríamos revancha, guerra, sangre, vida de gladiador principiante, dejándonos la vida intentando matar a el experto, derrochando ganas, pero en un campo de rugby, la inexperiencia es un handicap demasiado grande, las ganas de ganar, la ilusión y la valentía no tienen fuerza suficiente como para matar a un gigante.
Antes de que el árbitro llegue a pitar ya estas en tensión, deseas correr y deseas escapar, pero sabes que debes enfrentarte a tus miedos. Ya todo te da igual , solo quieres hacerlo lo mejor que puedas para no defraudar a nadie, te echas todo el peso que te dejan a tu espalda , intentas animar a tu gente, sabes que tienes que partirte el culo para cumplir tus metas, quieres hacer algo de lo que puedas estar orgulloso, y lo haces pasándolo bien, lo cual hace más grata la experiencia. El resultado es malo, pero eso ha dejado de importarte ya, solo quieres disfrutar de ese momento que la vida te brinda. Esa, aunque una de las más abultadas, es también una de las más gratas derrotas de tu vida. Has disfrutado de la vida, te has sentido vivo, con ganas de más, has obviado el cansancio, lo has eliminado de tu vocabulario. Todo hubiera sido perfecto de no ser por tu compañero, al que el gigante ha dejado tocado, pero sabes que es un gran gladiador , y que volverá a coger el balón en cuanto se lo permitan.
Después de todo te das cuenta de que el rugby ha vuelto a enseñarte una lección de vida. La vida es para vivírla sin miedo al que será, hay que arriesgar para ganar, las cosas no funcionan de una forma fácil y justa, son complejas e injustas, pero ahí esta lo maravilloso de la vida, en resolver sus complejidades, como haces cuando juegas a rugby, tienes que encontrar el hueco, pero no vale cualquiera, ha de ser el acertado, o perderás la pelota y tendrás que volver a empezar. Al fin y al cabo la vida se parece mucho a un partido de rugby. Quieres llegar a la linea de marca y hacer un ensayo, cumplir metas, pero antes has de pasar entre una maraña de contrarios, los obstáculos, y una mala decisión puede llevarte a tener que empezar de cero.
Eso es lo precioso del rugby, que te enseña a jugar el partido de tu vida. La gente lo tacha de deporte de bárbaros, pero se encuentra muy equivocados, un bárbaro no podría jugar, pues decidiría ir de cabeza contra los obstáculos, no esquivarlos.
Cuando te das cuenta de todo esto recapacitas, y piensas en toda la gente que lo ha hecho posible, en todas los personas que han movido un granito de arena para poder construir la montaña de tu felicidad, te das cuenta de que en su gran mayoría pertenecen a tu club, y te sientes más incha que cualquier futbolero, por el simple hecho deque te han hecho abrir los ojos, porque al fin y al cabo te han cambiado la vida para mejor, te han metido en una escuela sin cursos ni asignaturas, donde se aprende como actuar en un campo y en la vida.
Cuando llegas a casa estas muerto, vuelves a sentir el cansancio y la pena, pero no por la vida , sino porque no puedes jugar 24h al día, 7 días a las semana y 365 días al año, durante toda tu vida.
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